
Vietnam funciona de la misma manera que el resto de países del este asiático. Un emprendedor tiene una idea rentable como puede ser organizar itinerarios para turistas a la bahía de Halong, fotocopiar guías de Lonely Planet para venderlas más baratas que las originales o montar puestos callejeros frente a los hostales de los turistas. A los tres meses, esa idea se ha difundido por todo el país y nacen una gran cantidad de negocios iguales, que se hacen la competencia los unos a los otros. Comienza entonces una lucha de precios que abarata este servicio. Como no podía ser menos, el sector turístico ha acaparado esta revolución empresarial en Vietnam ya que las divisas siguen siendo un maná divino.
Lo más destacable de todo es que Vietnam es un país comunista. Sin embargo, los vietnamitas han seguido la senda de sus primos chinos (a los que no pueden ver) y han optado por una liberalización de la economía a pasos agigantados. Mientras que en Cuba, los dirigentes aún no permitan que la gente tenga su propio negocio, los asiáticos han sido cien veces más inteligentes y hace décadas que han desechado las ideas que no funcionan como el marxismo puro y duro por una economía de mercado.
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